Rosina Gallo
Vivimos rodeados de prodigios que, por repetidos, se nos vuelven invisibles. La costumbre es un velo delicado: no pesa, pero cubre; no hiere, pero adormece.
Hace veintiséis años sostuve en mis brazos a alguien que pesaba tres kilos y medio y medía cincuenta centímetros. Era un universo entero cabiendo en mi antebrazo. Le hablaba como quien siembra palabras en tierra fértil. Le cantaba como si mi voz pudiera construirle un techo. Al principio, nuestras conversaciones eran un puente constante: balbuceos, risas, preguntas diminutas. Con el tiempo, ese puente comenzó a alargarse. Las canciones se espaciaron. Las palabras se hicieron breves. El silencio —tan discreto— fue ocupando la sala.
No ocurrió de golpe. Fue un desvanecerse lento, casi amable. Hasta que una tarde comprendí que ya no había cuna, sino habitación cerrada; no había pasos torpes, sino pasos firmes alejándose. Y allí estaba yo, frente al nido vacío, preguntándome en qué momento la costumbre me robó el asombro de crecer junto a otro.
El Sol, distante e indomable, nos recuerda su grandeza cuando intentamos mirarlo de frente. Nos obliga a bajar la mirada. Pero por la noche, cuando el mundo parece apagarse, su luz regresa en la piel plateada de la Luna. Así funciona también la memoria: lo que no supimos contemplar a plena luz, vuelve suavizado, reflejado, dispuesto a ser entendido.
Pienso en el cerebro humano, esa arquitectura de relámpagos invisibles. Ninguna máquina podrá reproducir la delicadeza con la que sentimos, la conciencia que nos interroga, la capacidad de adaptarnos incluso cuando todo cambia. Somos criaturas de carne y recuerdo, de error y aprendizaje. Y aun así, dejamos que lo extraordinario se vuelva ordinario.
A nuestro alrededor abundan las maravillas: una taza tibia en la mañana, una risa compartida, el aroma del pan recién hecho, la llamada inesperada. El camino actúa como tamiz; filtra lo superfluo y deja pasar lo esencial. Entre todos los condimentos del vivir diario, hay uno que nunca debería faltar: el agradecimiento. Es la sal invisible que devuelve sabor a lo que creíamos insípido. Nos permite valorar la experiencia, reconocer a quienes nos acompañan y, juntos, avanzar hacia metas que nos hagan útiles al mundo.
Tal vez por eso atesoro los encuentros con compañeros de letras, cómplices impensados. Luciano, inseparable de su mate y de sus palabras que siempre encuentran cauce. Mirtha, obstinada y luminosa, persiguiendo su novela policial como quien sigue una pista en la niebla. Alberto, poeta alucinante, capaz de mostrarnos el lado amable de la muerte, como si la oscuridad también tuviera un resplandor secreto. Cinda, que aun en la distancia se siente cercana, como una carta que llega en el momento justo. Y ese soñador intermitente que aparece y desaparece como un susurro, recordándonos que la imaginación no tiene domicilio fijo.
Estoy lejos de mi tierra. Otras paredes sostienen mi sombra. Los árboles no pronuncian mi nombre. El clima tiene un acento distinto. Cambian los aliños, cambian los paisajes. Pero hay un calor que permanece intacto. No proviene del butano, ni de los vatios, ni de la leña encendida. Es el calor humano: ese abrazo invisible que se recibe a diario, que no se vende en mercados ni se formula en laboratorios. Ese calor que nos rescata cuando la costumbre amenaza con congelarlo todo.
Por mis dolores y mis alegrías, por mis esperanzas y mis incertidumbres, seguiré dando gracias. No como gesto automático, sino como acto consciente. Porque soy parte del universo que me formó y también del que me transforma. Hoy camino —y a veces levito— ante un horizonte verde y azul: verde por las montañas que aún debo escalar; azul por el aire que me llena de fuerza para alcanzar aspiraciones rezagadas, pero no olvidadas.
Escribo para no olvidar. Sueño para no rendirme. Persisto para no disolverme en la rutina. Y, como el poeta, comprendo que el camino no estaba hecho: se va trazando bajo mis pasos, incluso cuando la costumbre intenta borrar sus huellas.
