Chúpate esa mandarina dulce

—¡Hijo de puta! ¿Cómo coño te atreves a pedirme el divorcio en este momento? —  dijo ella aguantando un nudo en la garganta escondiendo la rabia y el dolor.

Todos los que observaban el descenso del ataúd levantaron la cabeza dirigiendo las miradas a la pareja ipso facto. Las tías rezanderas detuvieron sus plegarias prestando ahora más atención a la discusión que estaba por iniciar. Hasta el cavador quien preparado para comenzar su rutina de trabajo en medio de lagrimas y sollozos apoyó sus manos sobre la pala mirando fijamente a la pareja. Juraría que el cadáver habría detenido el acto.

—Solo lo diré una vez más, y de la mejor manera. No quiero pasar un día más contigo. Así que ¡por favor! Dame el divorcio— contestó él, sin dudas, ni titubeos, como si aquella petición formara parte de una decisión pensada por mucho tiempo.

El sol caribeño despuntaba el alma. Era medio día y el calor era más asfixiante que nunca. No se si tuvo que ver aquella inoportuna petición de divorcio, o los 37 grados centígrados que arropaban al pueblo. Las flores parecían marchitarse más rápido de lo normal. Muy pronto el sudor de los presentes produjo mal olor, que se mezcló con las aguas estancadas en floreros viejos de tumbas olvidadas. El llanto de un niño volvió más denso el aire, nunca supe si era nieto del viejo, o el hijo de un curioso más, de esos que les encanta asistir a entierros de desconocidos.

Todos los presentes intentaban disimular, los primos, las tías, y las hermanas de Gertrudis, hacían de cuenta que no escucharon absolutamente nada. Apretó los puños arrugando los pliegues de su vestido negro. Sus ojos contenían lágrimas que no dejó caer por orgullo. Miró a su alrededor y se mostró altiva e indestructible. Sin embargo, todos fingieron compasión, pero a estas alturas no se si por el muerto o por la escena dramática.

—¡En serio, Santiago! ¿Crees que este es el momento para hablar de esto? — preguntó Gertrudis.

Él había tomado una mandarina de la funeraria. Peló la fruta dejando caer la cascara sobre sus zapatos negros llenos de polvo. Prefirió no levantar la mirada para no encontrarla. Santiago, optó por el silencio como la peor y más despiadada respuesta.

—Y… ¿Quién sabe cuando es el momento perfecto para hablar estas cosas? — Luego de varios minutos, preguntó Santiago sin una pizca de arrepentimiento. Continuó comiéndose su mandarina gajo a gajo, mientras el jugo acido y dulce se chorreaba por la comisura de sus labios.

—Así que frente al cadáver de mi padre decidiste que era el día para joderme la vida— Gertrudis sonrió de medio lado. —¡Que generoso! — dijo irónicamente.

—Tu padre murió y fue un hijo de puta hasta el último minuto. Yo no quiero ser igual. Te estoy haciendo un favor — argumentó Santiago, mirándola fijamente sosteniendo la mirada por un tiempo innecesario.

Un ruido seco se escuchó toda vez que el ataúd tocó el suelo. Compungida, Gertrudis, volteó la mirada tratando de encontrar: empatía y refugio a su alrededor, para olvidar aquella humillación, pero todos observaban la oscura fosa. Santiago, en cambio terminó su mandarina. Antes de culminar el último rezo partió sin su esposa y sin mirar atrás.

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