
Carlos Luis Barrios.
Nueva York tiene una forma peculiar de hacerte sentir acompañado y solo al mismo tiempo. Caminas por la Quinta Avenida y ves miles de rostros encendidos por una pantalla. Todos conectados. Nadie presente.
He pensado muchas veces que, en esta era de visibilidad perpetua, lo íntimo se ha convertido en un lujo. No en un acto poético, sino en una forma de resistencia.
La ilusión de compartir para existir
Cuando llegué a esta ciudad, creí que compartir era una forma de permanecer. Publicaba frases, pensamientos, pedacitos de vida. Quería sentir que alguien allá afuera me leía, que no era solo un cuerpo más entre los trenes y los edificios.
Pero con el tiempo entendí que esa necesidad de mostrarse también te vacía. Empiezas a hablar menos contigo mismo y más con la idea que los otros tienen de ti. Hay días en los que abro el teléfono y siento que todo el mundo grita. Nadie escucha. Nadie pregunta cómo estás, solo cuántos likes tiene tu alegría o tu dolor.
Y pienso en los escritores, en los creadores, en esa tribu de almas que transforman la herida en arte. Nosotros, los que decimos que escribimos para sanar, pero en el fondo escribimos para no desaparecer.
El cansancio de parecer inspirados
He conocido artistas que viven agotados de sí mismos. No del trabajo, sino del peso de tener que parecer inspirados. Publican, sonríen, se filtran en la pantalla… y luego apagan el teléfono para llorar. Es el burnout existencial: no el de la oficina ni el del horario, sino el de la identidad. Cuando pierdes el propósito. Cuando el aplauso no cura, sino que exige otra función.
También he visto escritores que se esconden de sus lectores. Otros que escriben y borran. Algunos que publican sin sentir. Y todos tenemos algo en común: ese miedo a desaparecer del mapa digital, como si dejar de existir en la red fuera dejar de existir de verdad.
Pero no.
Desconectarse también es un acto de amor propio. Es marcar distancia con el ruido y volver a escuchar la voz interior.
Ruido, visibilidad y vacío
Quizás el problema no sea la soledad, sino la cantidad de ruido con la que intentamos cubrirla. Vivimos en una época en la que se teme más a no ser visto que a no ser amado.
Subimos fotos para probar que existimos. Compartimos citas de libros que no terminamos de leer. Lloramos en silencio, pero publicamos que estamos “bien”.
A veces me pregunto: ¿qué tanto de lo que mostramos somos realmente nosotros? ¿Y qué tanto es solo un reflejo cansado que pide atención?
He sentido esa contradicción: estar rodeado de gente y sentirme invisible. Sentarme en Bryant Park y mirar a una pareja riendo mientras cada uno desliza su propio universo en el teléfono. Y entonces lo entiendo: no estamos solos porque falte gente. Estamos solos porque falta una pausa.
Aprender a desconectarse
Yo mismo he tenido que aprender a hacerlo. A no sentir culpa por no responder, por no subir, por no estar “on”. He aprendido que la mente también necesita apagarse, como un interruptor que pide descanso. Que no todo tiene que convertirse en contenido, ni toda emoción en post.
Que el silencio también es una forma de respuesta.
A veces, la mejor manera de cuidar la salud mental no es hablar de ella, sino permitirnos no explicarla. No justificarla.
Solo sentir.
Solo estar.
La conexión que no se publica
No tengo respuestas, porque no soy especialista en la materia. Solo escribo lo que veo, porque soy un observador que sigue la intuición. Y ella me dice esto: la verdadera conexión empieza cuando nos atrevemos a no compartir todo. Cuando el escritor deja de publicar y vuelve a escribir para sí. Cuando se sienta frente a la página vacía y, por un instante, no le importa si alguien lo verá. Porque ahí, en ese momento diminuto y honesto, deja de ser un perfil y vuelve a ser una persona.
Tal vez el silencio sea el último refugio que nos queda para volver a escucharnos.
¿Cuándo fue la última vez que estuviste realmente contigo, sin pantalla, sin ruido, sin nadie mirando?
La última vez que estuve realmente conmigo, sin pantalla, sin ruido y sin nadie mirando…
y no, no hablo de la última vez que estuve sola en casa o de un día libre del trabajo.
Hablo de estar sola conmigo misma, con mis pensamientos y sentimientos, con esas sensaciones que muchas veces no nos permitimos sentir ni tener.
¿Y por qué?
Porque nos da miedo.
Nos da miedo sentir de más.
Nos da miedo sentir lo que creemos que no deberíamos sentir.
Sentir.
Una palabra que nos envuelve.
Estar solo, con tu ruido y contigo misma, sin la necesidad de estar mirando la pantalla del celular esperando a que algo pase. Muchas veces intentamos distraernos, y por eso pasamos horas viendo el teléfono. Intentamos huir de algo. Todos queremos huir de algo: del trabajo, de la rutina, de la familia, de una relación, de amigos, o de lo que sea que nos tenga pensando y con el corazón un poquito arrugado.
La última vez… sí.
Fue esa noche en la que apagué mi celular, me agobié y mi cabeza empezó a maquinar.
Fue esa noche en la que empecé a sentir tanto, que por un segundo me negué a seguir haciéndolo.
Y entonces, en ese proceso de agotamiento, de agobio, de tristeza y de heridas, algo empezó a transformarse en reflexión. Mi corazón dejó de acelerar tanto y empecé a respirar.
Entonces, sí.
El silencio es el refugio que nos queda.
Nos guardamos lo que sentimos y pensamos porque, seamos sinceros, hablar de nuestros sentimientos no es fácil. Entonces lo más fácil es callar y guardarlo todo.
¿Pero qué pasa?
Que esas noches… sí, esas noches… nos ayudan a encontrarnos.
Y eso está totalmente bien.
Qué texto tan valiente, Darcy. De verdad. Tiene una honestidad que no se puede fingir, y eso se siente desde la primera línea.
Lograste poner en palabras algo que muchísima gente vive, pero casi nadie se atreve a mirar de frente: ese miedo a quedarse a solas con lo que pasa por dentro. Me encantó cómo hablas del silencio no como vacío, sino como refugio. Esa transformación que describes —del agobio a la respiración, del ruido mental a la reflexión— es un viaje interno muy poderoso.
También es muy real esa idea de que usamos el teléfono, las distracciones, el “hacer cosas” para no sentir. Lo cuentas con una sencillez que duele un poquito… y justo por eso conecta tanto.
Gracias por escribir algo tan íntimo y necesario. Textos así no solo desahogan, también acompañan a otros que, en silencio, están pasando por lo mismo. 💛